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ELLA

Agarró la verde bufanda de su cumpleaños 
y salió por la puerta de la cocina. 
Yo salí horas más tarde, 
horas, 
a las que había dedicado a mirar una rosa.

Los altos edificios tapaban el sol,
y recordé aquel invierno, 
donde en esa misma calle,
ella había hundido sus pies en la nieve, 
y había sonreído.

En el que patinando sobre el hielo 
me había fijado en su fría mirada, 
fría y congelada. 
Con sus grandes ojos sin color, 
grandes y traviesos, 
siempre escrutando tras unas largas pestañas
como alas de un cuervo.

Tenía la capacidad de leer mis pensamientos
a través de una mirada, 
sabía lo que me había costado derribar sus muros de cemento, 
pero eso solo hacía que la quisiese más.

Aquel invierno, 
seguía llevando sus largos vestidos, 
que reflectaban la luz de sus ojos. 
Tan largos que cuando nos tumbábamos en la cama a sonreírnos, 
no distinguía entre las sábanas y ella.

Aquel invierno en el que nos tumbamos
en las grandes rocas bajo la inmensidad de las estrellas. 
Hasta que la más brillante desapareció,
junto al brillo de sus ojos. 

Siempre pensé que ella era una estrella,
pero hoy me doy cuenta de que es un cometa, 
y que no volverá hasta dentro de años;
los que pasaré viendo una rosa, 
con pétalos puntiagudos y espinas de algodón.

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