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ÉL

Cogí la bufanda y me fui, 
me alejé porque nada me podía retener.
Pero al salir, lloré por él. 

Pensaba en el esfuerzo 
que había dedicado a comprenderme, 
y eso me ayudó a comprobar 
que a fin de cuentas era mío, 
lo tenía en mis manos, 
y por eso, 
aunque le estaba destrozando el corazón,
y lo sabía, 
di el primer paso. 

Pisé la nieve de la acera, 
y recordé el invierno.

Donde la verde hierba
brillaba bajo el sol en algún lugar,
y yo y el corríamos por la nieve sin razones.

Recordé que nada más hundirme, 
el ya estaba abajo para cogerme. 

Cuando dos hombres entraron en el bar, 
y charlamos con ellos por horas.

Me acordé de aquella noche en el motel,
la noche en la que abrió el paquete, 
mi primer regalo, 
y se encontró aquel navideño jersey, 
le chisporrearon sus pequeños ojos, 
pero más bien por el regalo en sí, 
porque era mío. 

Y aquel día le había dejado con él puesto.

Me senté en el frío y duro asiento de la estación, 
y deseé que estuviese a mi lado, 
cogiéndome de los hombros
y susurrándome que el tren ya estaba al llegar,
aunque no fuese verdad.

Y aunque nunca se lo dije, 
yo siempre conservé
y conservaré
la primera rosa que me dio,
porque al fin había encontrado una persona
que gastaba su tiempo en derribar mis muros, 
que los escalaba, o los rodeaba por años, y años. 

Alguien que no se rendía solo porque eres fría,
distante, difícil, y sobre todo, porque jamás
le demuestras lo mucho que le aprecias.


El tren iba rápido, casi volando, pero… 
sin él, 
el tiempo estaba congelado para mí.

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